Órdenes al corazón

APUNTES DE UNA EXTRANJERA (Prólogo a la segunda edición.)

¿Pero cuál era el mundo de Susana San Juan?
Esa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber.
Juan Rulfo

“…tomar decisiones era su debilidad, porque siempre eran decisiones equivocadas”. Sin embargo una decisión siempre es delicadísima de tomar para quien piensa que “un segundo representa lo definitivo, la totalidad del amor”.

Cosas así dicen o piensan los personajes de Miyó Vestrini (1938-1991) en Órdenes al corazón, un libro de relatos que dejó inconcluso, otra “decisión” última y sin retorno.

Y de qué decisiones habla esta mujer, incluyendo la de no detener al marido que la abandona por una amante, de no hacer nada sino estar en la cama, o cumpliendo paso a paso con el listado pegado en la puerta de la heladera, como ayuda memoria de lo que se necesita en casa… una casa que la abarca, pero donde la noción cuerpo la transforma en un ser atrapado por la inercia, que toma la decisión de no hacer nada, ni retener ni detener, puesto que todo es equívoco y se pregunta apenas qué desea, mera existencia a la deriva y como vaciada… “Un hambre clandestina”, condensa en mínima expresión la oralidad monstruosa de una mujer en su menopausia, que espera la definición clínica de una “protuberancia” en “Todo el santo día”, y mientras mira la televisión, la cama llena de migas, observa con agudo ojo de mujer acostumbrada al discurso político el desfile de mandatarios del mundo el día de la asunción de nuevas autoridades… hombres, finalmente –y del poder– ante los ojos valorativos de una mujer. Durante esta jornada de espera, ella piensa en la muerte, que es un modo de pensar el alcohol, el deseo, los hijos, la literatura francesa incluido el Marie Claire de su madre, figura capital de este universo literario… o la importancia de la actitud frente a la nevera abierta para el discernimiento de la diversidad cultural.

La pregunta “Qué hiciste todo el santo día” viene a poner “música de comiquitas” a la gravedad de la espera en que la protagonista recorrió el amplio abanico de un escenario sacrificial.

Pero fundamentalmente, Miyó Vestrini habla de audacia. La audacia de ser una mujer, con cabeza y cuerpo, capaz de reproducirse, de firmar sus escritos y de pensar políticamente. Pero cada una de estas capacidades plantea una pregunta, requiere decisión y nueva audacia. También para el suicidio, claro.

Leer a Miyó Vestrini no es fácil: provoca sed

Se la vuelve a leer y se encuentra claridad. Pero es fugaz, porque resurge siempre la voz de un debate con el cuerpo. Además, la trama de los cuentos parece latir. Órdenes al corazón es un libro álgido –como el frío de esa mujer que se cubre con cobijas a pesar del calor–, casi una trompeta de sonido penetrante que va construyendo unos preciosos vacíos, unos silencios valiosos… es que los relatos de Miyó Vestrini son relativos al jazz.

Se trata de una escritura que obliga a seguir el rastro, a no perder ni un instante la atención. Y, como en ciertas obras musicales, hay acordes o pliegues que se repiten dando profundidad a la totalidad de los cuentos. Al mismo tiempo que los integran y complican, corren y descorren el centro de atención.

No es novedad que Miyó Vestrini era maestra en los engarces, basta leer Las historias de Giovanna o el poema “De letanías y pocas virtudes”, de su libro Pocas virtudes. Esto nos obliga a leer con atención los poemas de Valiente ciudadano, que también dejó inédito. Entonces descubrimos, por ejemplo, que en muchos cuentos, aparece un personaje que sólo se nombra. Es Beatriz que, en el cuento “Órdenes al corazón”, jura que hay una frase budista que cambia el karma y, si es repetida, produce pura alegría; la misma Beatriz que afirma “eres lenta porque tu signo es de tierra” en “El cielo del trópico”; y aunque evidentemente es digna de toda confianza, sólo es mencionada casualmente y al pasar. Sin embargo esta mención es un elemento que aporta también un matiz dramático. Beatriz es recurrencia –en “El mensaje” es sólo una voz imperiosa y seca (un sonido grave, de anuncio sostenido)–, que tiene algo de repetición irónica que calibra el tramado de los cuentos.

Ahora bien, en Valiente Ciudadano, el poema titulado “Beatriz”, a todas luces autobiográfico, habla de una mujer que “no quiso participar en la grotesca ceremonia del elogio a la decadencia” y por eso “se suicidó a los cincuenta y tres años” dejando una “lista de equivocaciones y aciertos”. “La escritura es lo de menos, anotó, / y estampó su firma con letra pequeña, /para que creyeran que era apócrifa”.

Beatriz la que teje, la escritora, la suicida, la que deja todo listo en precisa puesta en escena, es también la que urde la trampa. Después de todo, de profesión guionista y, como se comprueba en los cuentos de Órdenes al corazón, era eximio su manejo de la profundidad, amén de “ah, oh! la revolución. Y Barthes, Bataille, Aristarco, ¡ah, oh! la retórica italiana, la deliciosa posibilidad de escribir cosas que nadie entiende”. A excepción de unos pocos y sobre todo de sí misma, la aracné Miyó/ Beatriz. Desdoblamiento de la autora, que en “Órdenes al corazón” es también definida como “generosa y muy dada a la entrega”, pero que quedó “en el camino, a medias, sin respaldo de nadie”, y oponiéndose a la suerte feliz de Orlando, un hombre que se le asocia y que fue salvado “por el prestigio y el apoyo de una mujer”… otra, claro. Entre rápidas y agudas definiciones, la mujer se reconoce como la “bola de billar de un mal jugador”, deseando la vida y la muerte y repitiendo “palabras de furia bien medida. A la medida de Dios”.

¿Es, pues, una católica sin compasión frente a sus errores, dispuesta a cometer el peor de los pecados?

Ironía y audacia, sí, campean en los relatos de Órdenes al corazón, pero sobre todo inteligencia y honestidad. Su nítido ojo narrador se divierte en la trama (internamente, vertebra narraciones entre sí y externamente, las vincula con los poemas) forjando, con la misma materia e intensidad, formas diferentes. Y lo que empezó como poema se vuelve prosa sin perder su condición de extrema densidad. Así leemos que los poemas “El mensaje” y “Órdenes al corazón”, donde la autora advierte que la muerte une más que el matrimonio, se transformarán en prosas que respetan del original el franco erotismo y la voz masculina tras la cual se enmascara.

Se podría pensar que “Todo el santo día”, relato inicial, de algún modo compendia al conjunto. También, que la totalidad de Órdenes al corazón, con sus pliegues internos o repeticiones actúa sobre el lector como un “acorde” de alta sensibilidad. Simultaneidad, múltiples niveles o temas todos igualmente sutiles arquitecturan un laberinto en el que MV se mueve sin perderse, dueña absoluta de los tempos, los cortes y sobre todo una audacia singular para reunir, imantar y dar textura poética a todo lo que escribe… “cuando naciste, hace cincuenta años, moría César Vallejo. Cuando tu cabecita, tu ombligo, tu piel rosada y lisa, tu cuquita virgen asomaba al mundo, metían en un hueco al poeta. Lo cubrían de tierra y tú venías cubierta de mierda”. Este párrafo se encuentra casi idéntico en el poema “Un día de la semana I” que termina, en cambio, “lo cubrían de tierra /y a ti, / te cubría la memoria”.

Pero hay más ejemplos de este juego de espejos que dispone la autora, por ejemplo, en “Un día de la semana”, dice: “Tiene un lunar rojo en el cuello. No sé cómo no lo había visto antes” y el lector sobresaltado reconoce ese lunar: es el que se menciona en “Eleonora”: “Recordé el de Ana, rojo, en la nuca, escondido bajo los cabellos”, recuerdo éste que decide al amante a abandonar a su compañera, a la que deja riendo suavemente, oliendo en su pelo la sangre menstrual, y que en la última línea dice, ambigua: “No te preocupes, cerraré bien la ventana”.

Su lengua nace en la escucha.

“Es mi cuerpo lo que molesta. Estoy toda vertida hacia adentro, hacia sus ruidos y silencios”. Y no pierde en ningún momento su alto voltaje. Puede ser ambigua, violenta, erótica… En sus cuentos hay cuerpo, es decir miedo, partos, comida, masturbación, risa, enfermedad, abuso y muerte súbita, olores… y dependencia.

“Te lo dije mil veces: dejar de beber a tu edad es un suicidio. El problema no es el alcohol en sí. Es la relación que hay entre tú y lo que te rodea. Sin alcohol no hay relación. Con nada”. Es una presencia dura la del alcohol, que se reitera a lo largo del libro. “Cuando todo terminó, cambié las sesiones por grandes bebederas solitarias. Es normal, fue el comentario cortés del psiquiatra. Así que continué”, escribe en el magistral “Un día de la semana”. “Alcohólicos Anónimos, ¿estás loca?

¿Sabes lo que van a hacerte? Relacionarte con el más grande de todos los alcohólicos: Dios”, escribe audazmente en “El cielo del trópico”. Y en “La mujer que hablaba sola”: “el aliento cargado de cerveza y gruñidos” reúne el alcohol en la ecuación de los cincuenta años. Menopausia: imperdonable retracción o súbita ausencia de dirección. Ese desconsuelo ¿es culpa? que en este cuento se suma a la dolorosa cuestión del hijo, eje reiterado en el mundo de Vestrini.

Sin embargo, parece que el alcohol está imbricado en el modo mismo de narrar, como si se tratara de una irónica apuesta con Fernando, el barman alcohólico que compone rimas en “Todo el santo día”: hacer creer al lector que se trata de la obra confusa de una borracha… para reírse sola –nadie ha comprendido, extranjera al fin, máscara de la solitaria.

O tal vez la clave haya que buscarla en el discurso de transmisión de mando de la República del Este, que dio en Caracas, en mayo de 1976. Dijo: “Desconfiar de nosotros mismos, es perdernos”. Y no es confianza en su escritura lo que le faltó a esta creadora.

Los hijos tienen una presencia fuerte en el universo de Miyó Vestrini, que computa en uno de sus poemas dos partos y diez abortos y ningún orgasmo.

Los hijos parecen sustraerse de la presencia de la madre y caen en pesado silencio bajo la égida de la institución (ya sea el psiquiatra, la cárcel, el padre) y ven a la madre como un ser que pesa, intraducible, aislable. La pena doble que registra este opaco encuentro, en que hijo y madre se observan, es uno de los temas más lacerantes del libro. Consciente de su soledad, abandonado, “Una mañana se levantó sorprendido por la calma que reinaba en la casa. No había nadie. El niño rondó por las habitaciones con los pies desnudos y la mirada que se agrandaba cada vez más y más. En puntillas apenas alcanzó el lavamanos y vio un mechón de pelo en el espejo”, el hijo –Juan Pedro, de “La mujer que hablaba sola” y “Un día de la semana” o Boris de “Todo el santo día”, cuyo cuero cabelludo lleva inscrita una cicatriz que definirá de allí en más la relación con la madre– es figura del encierro, del rechazo. Esta idea, ligada nuevamente a la del cuerpo “decadente” de la menopausia, delinea un fracaso asfixiante. “Hasta ahora, le he contado miles de historias. Y todavía no ha descubierto cuál es la verdadera… de eso depende el informe favorable… Cuando Juan Pedro y su padre lo leen, me invitan a almorzar. Y hablamos de política, que eso es lo que me gusta, dicen”. Esta situación sin salida, de aislamiento pavoroso, donde ni siquiera puede elegir los temas de la conversación y aún peor, sus gustos personales, impera en la narrativa de Vestrini donde no faltan personajes que alimentan una abulia profunda y son incapaces de defender su deseo. Con los hijos hay una relación “intervenida”.

Una dimensión política está imbricada en la estructura misma de esta lengua española, adoptada –como ella lo es– por Vestrini, el pintor, segundo marido de su madre y cuyo apellido usará como pseudónimo en lugar del Fauvelles legítimo –“hablen y escriban oscuro y dejarán de ser indios”– que la opone al francés, su primera lengua, que aparece casi siempre en relación a esa madre de horribles cantinelas discriminatorias, que la autora describe con la “petitesse” de la burguesa de provincia. “No quiero morir pareciéndome a mi madre”, escribe. Sin embargo algo del odio, espejo tan asfixiante, parece haberla alcanzado. “Levanté la voz. Sé que nunca debo hacerlo, porque no logro detenerme. Mi voz sale y se devuelve. Me amarra y se marcha. Ella queda afuera, viéndome, y yo hablo, me reviento los oídos y la lengua, hasta que regresa y me calla, atravesada en mi garganta”.

Por momentos parece que esa madre de la infancia, atada a las normas, lectora del Marie Claire, cultora de la tradición en la mesa y de los buenos modales, indiferente hasta la crueldad, la que hace callar el canto de la niña durante un viaje, uniformándola en el miedo, parece haber ganado la partida, finalmente.

“¿Cómo sonará mi voz?” se pregunta en “Tijeretazo”. Y un poco más adelante, en el mismo cuento, “Antes era fácil. Imaginaba mi memoria y me echaba a andar”. Pero en la ambigüedad de “Sinceramente tuya” parece haber una clave de la relación con esta mujer dominante, que signó la entrada de Miyó Vestrini en el mundo latinoamericano y su relación con el idioma español.

Lo indudablemente grande de MV es la inteligencia con que estructura esos cuentos: precisión para pensar los cortes, climas de gran densidad, complejidad de los temas, multiplicidad de texturas y planos que reverberan unos sobre otros.

Uno de los cuentos, “Un día de la semana”, que tiene dos versiones poéticas en Valiente ciudadano, es un hito: sutil, político, íntimo. La escena sucede durante una cola en un supermercado tomado. La mujer quiere comprar papel higiénico. El sol del mediodía cae sobre la gente. Ese presente se entreteje con un relampagueo de la memoria que va completando una historia trágica, un triángulo entre dos adolescentes y la madre del muchacho, historia de marginación y soledad, que incluye el delirio criminal y se completa en ese presente de borde político. Todo es irrisorio, parece decir Vestrini, especialmente la vida, especialmente el amor. Todo está aquí destinado a la traición y el desprecio. El sordo desconsuelo de la historia la haría ilegible, pero la maestría de la autora al conjugar los planos mediante precisos cortes hace de éste uno de los más brillantes y terribles cuentos (Las historias de Giovanna muestran la misma habilidad en ese recurso).

Una mujer que escribe tras máscara andrógina “Cuando terminé, se escurrió hacia el suelo como un pañuelo de seda” ha encontrado una precisa metáfora para describir el orgasmo. Tanto en “El mensaje” como en “El día que enloqueció mi mujer”, “Indicaciones”, “La reja cerrada”, “El sueño” y “Castor”, la autora habla del deseo, del amor y el cuerpo, de la vida.

Entonces aparecen el humor y –lisa y llanamente–, el erotismo y la belleza. La escritora, en fin, va más allá de la confesión, escribe con el material de su vida y la trasciende, con escritura impecable, pregnante.

Resonancias, ecos, parpadeos… aquí todo forma parte de un único cuerpo, totalidad “en relación” casi explosiva. Porque se trata de una mujer escribiendo desde el fragor de su cuerpo, sin perder el hilo de sus tantas voces, como quien hace equilibrio sobre un volcán en erupción. Tensa y extrema, saca conclusiones con ritmo alucinante, sin perder la seriedad ni la frontalidad. Porque no hay que olvidar que Órdenes al corazón es el vertiginoso libro de una condenada, una mujer que sabe sus horas contadas, pero que, como Casandra, anuncia un destino que nadie escucha. Y que esta mujer es una poeta.

Claudia Schvartz
Buenos Aires, 2000

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