Una gran actuación

Ferrari y su sistema de reparto.
Por Juan Sasturain

En algún momento de La Foto, el tercero de estos hermosos relatos, la mujer que cuenta advierte, al pensarse de nena y sobre todo al recordar a su hermano entonces vivo y jodón y a la vida como debía ser, que en la familia entonces se reía mucho -en todo el libro se ríe tupido- y que como un sistema tácito de equilibrado reparto, se distribuían el momento, el modo o motivo y las circunstancias para reír. Que linda observación, la de la hermanita de Pablo Rey, el que falta. Una manera sutil y por eso mismo poco frecuente de dar un clima, insinuar un tipo de relación, una atmósfera, si cabe, de la felicidad que pasaba por ahí sin hacer escombro.

Y no es un caso aislado, un hallazgo, una pegada ocasional. Lo de Ferrari, su pudorosa sabiduría, consiste en diseminar aciertos tales como la regularidad de un sembrador laborioso y atento. Similares observaciones dan cuenta de vida y carácter de la invencible abuela Serafina; ilustran la filosofía de Fidelia, persuasiva Fidelia hada terrestre; desnudan genio y figura del histriónico Damián Heller y de su padre incombustible; recortan la imagen de Roxana, un carácter, una persona inolvidable -si cabe decirlo de un personaje con diez páginas de recorrido- en el memorable La gruta, el último de los cuentos del  libro.

Hay una poderosa impronta cristiana, confesional y esperanzada pero ya sin el lastre del dogma, solo con lo mejor que queda después de haber pasado alguna vez por ahí.

No parece hablar de eso, pero al rato de transitar las paginas, Ferrari nos convence de que no estaremos nunca solos. O que siempre lo estaremos todos, que es lo mismo. La media docena de amigos que con sus respectivas periferias de parientes y amores va y viene de cuento en cuento, de década en década, se identifica en la común necesidad de encontrar -como el violinista con su receta para la eternidad- un sentido que los haga vivir para siempre o al menos no pasar de largo sin dejar un saludito o una patética reverencia: la militancia, la escritura, el omnipresente teatro, el amor, sin ir más lejos.

Como en El pentágono de Di Benedetto -novela en forma de cuentos- o en los relatos de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, los tripulantes de este libro pasan de un relato a otro, toman la palabra sin cruzarse y sin soplarse ni confundirse, dicen, piensan y sienten lo suyo. Las historias -hechas de desencuentros y versiones encontradas- no cierran ningún rompecabezas pero, como en el maravilloso email desechado de Ana María que es el texto del cuento Respuesta no pueden dejar de decir, de contarse para sí, aunque callen. Gestos en el aire, reparos tardíos, equivocas generosidades, incomprensiones y pequeñas miserias se reparten -gracias al talento de Ferrari- a menudo con piadosas dosis de humor más o menos negro, por todo el espectro de personajes. Pero sólo hasta ahí.

Porque al final, ante la duda, para estos personajes, la vida o lo que sea esto que pasa y pasa, es lo que hay. Como concluye sabiamente Roxana: “Tomemos sopa primero”.

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