Cómo formar jóvenes espectadores en la era digital

En 1998, siendo director artístico del centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA, Ana Durán se acercó a mi pequeña oficina para proponerme un proyecto sobre formación de espectadores, basado en establecer una relación entre los alumnos de escuelas secundarias con el teatro independiente de la ciudad de Buenos Aires. El proyecto me pareció excelente, pero lamenté tener que decirle que desde el Centro Cultural de la Universidad de Buenos Aires no era posible llevarlo a cabo pues no existían los mecanismos administrativos como para justificar ese proyecto. Vi salir a Ana con una gran desilusión.

Varios años después, creo que en el caótico 2001, durante una charla de café, le comenté a Federico Irazábal, un amigo en común, que el proyecto de Formación de Espectadores, pensado por Ana era uno de los pocos proyectos de gestión cultural, diría casi el único, que me había parecido no sólo valioso sino verdaderamente transformador de las relaciones entre el teatro y los estudiantes secundarios. También comenté que era una pena que no se llevara a cabo. Afortunadamente, Federico le comentó a Ana mis palabras, que parece que provocaron un efecto movilizador en ella y a partir de ahí, el proyecto comenzó a buscar su lugar en el enorme espacio del teatro en la ciudad de Buenos Aires, primero y ahora en el interior y exterior del país.

Fue en 2005 cuando el proyecto finalmente salió a la luz y se presentó en sociedad en Elkafka espacio teatral, el espacio que habíamos creado en 2004, con una cooperativa de trabajo y de la cual estamos muy orgullosos. Ese día estábamos todos muy emocionados porque éramos partícipes del nacimiento oficial de ese proyecto que hoy ya tiene ocho años y que se expande con mucha fuerza y que resume su experiencia en este libro.

¿Qué me atrajo del proyecto? En principio la posibilidad de pensar de manera diferente la relación entre el teatro y los alumnos de escuelas secundarias. Y sobre todo la idea de que esta relación se hiciera con el teatro independiente.

Habitualmente la relación entre teatro y estudiantes está cosificada y preestablecida sobre ideas que nada tienen que ver con el arte, sino con “lo didáctico”. Y pongo esta palabra entre comillas porque en definitiva no se produce ninguna enseñanza verdaderamente valedera, salvo excepcionalmente, más por una iniciativa personal que por las características de los programas que se ofrecen.

Hay varios tipos de programas que relacionan al teatro con las escuelas en nuestra ciudad, que conviven entre sí y de los que no se tiene demasiada idea de su eficacia.

Uno muy frecuente es aquel que se arma sobre la base de llevar a los alumnos a ver títulos que son parte de los programas de literatura. Estos espectáculos suelen ser ofrecidos por elencos que no ponen ninguna atención en la calidad artística; el resultado entonces es que los estudiantes probablemente terminen odiando la literatura, el teatro y cualquier cosa relacionada con la cultura.

En los teatros del Gobierno de la Ciudad, desde hace mucho tiempo, se vienen realizando funciones para estudiantes, en las que se exhiben las obras que están en cartel en cada temporada. Si bien los espectáculos suelen tener una calidad artística notable, la acumulación de cientos de estudiantes de escuelas diferentes en los ámbitos enormes de los teatros de la ciudad hace que la experiencia esté más asociada a la jarana de un recreo que al contacto con el goce estético.

Siempre critiqué la manera en que se pensaba esa relación, sobre todo a partir de haber padecido, esa es la palabra, a los malones de estudiantes en las funciones de Sueño de una noche de verano, o de Galileo Galilei, ambas producciones del Teatro San Martín, en las que los estudiantes, aprovechando las horas libres y la amplitud de los espacios, tomaban la salida como un afloje en los estudios.

Muchas veces se vio salir al director general del teatro a reprender a esos estudiantes revoltosos que, desmotivados o excesivamente excitados por la actividad fuera de los límites de las aulas, arrojaban proyectiles tales como clips, o bolas de papel con improvisadas hondas hechas con bandas elásticas. O también ver como grandes actores, interrumpían su actuación para dirigirse al público para pedir un poco de silencio. En general, las funciones con estudiantes en esos teatros fueron siempre un castigo más que un placer para los artistas. Y es más que probable que tampoco dejaran una gran marca en la mayoría de los estudiantes que asistían al teatro.

Por supuesto que siempre ha habido excepciones y que alguna gente recuerda con mucho afecto esas funciones que de alguna manera fueron determinantes en su vocación de espectadores teatrales y en otros de sus vocaciones artísticas. Pero esto no fue lo más frecuente, sobre todo en aquellos que no tenían desde sus hogares una relación con ese tipo de manifestaciones culturales.

El programa de Formación de Espectadores reflexiona sobre muchos de los aspectos de la relación entre teatro y estudiantes y repara precisamente allí en donde en los otros programas no hay pensamiento.

Lo primero a destacar es la necesidad de vincular estudiantes de sectores carenciados con el teatro. Es decir, posibilitar un encuentro que de otra manera no sería posible sin una voluntad política como la que lleva adelante el Programa. Las clases medias tienen un acceso más activo al teatro, a la danza, a la música y es probable que los adolescentes de esas clases hayan asistido previamente a espacios teatrales. Muchos de los estudiantes que han participado en el programa no habían asistido jamás a una sala teatral, siquiera a las municipales o las comerciales.

Otro de los puntos más importantes es que el programa se desarrolle casi exclusivamente en los teatros independientes de la ciudad, que por su tamaño, generalmente más pequeños y para menos espectadores que las salas oficiales, vuelve más evidente el cuerpo de los estudiantes y de alguna manera, lo sacan del anonimato que les proponen los grandes teatros, ayudándolos a tomar conciencia de su lugar en el espacio, por ende, de su lugar en la sociedad.

Otro aspecto decisivo tiene que ver con darles la palabra a los estudiantes al final de las funciones y ponerlos en contacto con los realizadores de los espectáculos. Este factor es determinante a la hora de pensar la aparición de nuevos públicos. En los otros programas, a los que hacía referencia más arriba, no es habitual que se establezca alguna relación directa luego de las representaciones entre los estudiantes y los artistas y técnicos de las obras. Se deja que el aplauso cierre el vínculo entre las partes y entonces se deja de lado toda posibilidad de tener un contacto diferente, más dinámico con el arte.

Por supuesto que lo didáctico (y ahora sin comillas) está incluido en el Programa, pero de una manera en la que no se establece ni una relación autoritaria ni laissez-faire con los alumnos sino que se los entrena en la responsabilidad que deben tener como espectadores frente a las manifestaciones artísticas.

Y de eso se trata precisamente lo fundamental del Programa: el arte. Ana Durán y sus huestes llevan adelante un complejo mecanismo para poder relacionar el arte con estudiantes, muchos de los cuales no suelen asistir a ninguna manifestación artística. Y eso, digámoslo de una vez, no es nada frecuente. Se diría que la industria del entretenimiento viene ganando las batallas y que trata de forzar a las artes performáticas a que se sometan a sus designios. La cultura de la televisión induce en muchos casos a que el teatro se incline antes sus leyes, no sólo por la presencia de sus “estrellas”, sino por sus modos de relato, por sus planteos visuales, por sus sonidos y su música.

El programa de Formación de Espectadores produce de alguna manera un efecto distanciador de las formas hegemónicas y se detiene a reflexionar sobre un espectador distinto que pueda tener la posibilidad de asistir a los teatros a gozar de obras de texto, espectáculos de danza, de teatro musical para que pueda sentir el puro placer del arte que, a veces, transforma definitivamente la vida de la gente.

Rubén Szuchmacher
Director, actor, docente de teatro y gestor cultural
Director artístico de ElKafka, espacio teatral

 

 

Un día particular de agosto de 2008, dos docentes salimos apurados con un grupo de alumnos de la Escuela de Reingreso 1 D.E. 3, que provenían de barrios muy humildes de la ciudad o habían sido expulsados del sistema educativo y ahora intentaban volver a estar incluidos. Una de las chicas con “panza” incipiente apuraba el paso, pues teníamos que tomar el 168 y era importante llegar a horario a la Sala Beckett para ver la obra “Comunidad”. Ninguno de ellos había ido nunca a un teatro. Entraron, se acomodaron casi pidiendo permiso, preocupados porque los actores ya estaban en el escenario, mirándolos fijo (desconocían que era una estética elegida por la directora teatral). Escucharon atentos. La representación fue pura gestualidad, sólo los cuerpos y los rostros expresaban la variedad de sentimientos, sin verbalizar una frase. Como máximo, alguna palabra suelta casi ininteligible. Yo estaba aterrada, segura de que a la salida me dirían con sorna: “¡Mirá la obra que elegiste, Eva!”, o algo similar. El primer buen signo fue escuchar su aplauso sincero. Luego llegó la instancia de debate: participaron activamente, sus sentimientos se movilizaron: algunos se identificaban con el personaje discriminado; otros, con los que expulsaban al nuevo integrante, en su afán por pertenecer o ser aceptados en el grupo. Les preguntaban a los actores, se mostraban interesados en sus respuestas. Aun los de temperamento más retraído interrogaban ¿o  se interrogaban? ¿Se reflejaban, como en un espejo? ¿Se repensaban? ¿Construían nuevos sentidos a partir de la iluminación y los trajes idénticos de los actores? ¿Reflexionaban acerca de sí mismos y la sociedad en la que habitan?

En ese mismo momento sentí, y comprendí luego, que iba a seguir llevando a mis chicos a ver teatro. Después, sumé a alumnos de una Escuela Técnica como la Hicken. Estudiantes y docentes encontramos un disparador, un vehículo hacia problemáticas humanas que luego en el aula se abordarían académicamente. Ese era el camino: apostar al arte.

Para lograr este propósito, el Programa Formación de Espectadores nos resultó indispensable. Ahora, con esta publicación se difundirá aún más la tarea y orientará a otros docentes a encontrar un camino en esa dirección. En la primera parte, los autores formulan un interesante y fundado análisis del adolescente actual: sus consumos culturales, el estrecho vínculo con los medios masivos (circo y sobrecarga informativa), la tecnología y sus redes sociales virtuales, que impiden todo contacto personal. Una sociedad que los visibiliza y expone sólo cuando los percibe como amenazantes de la seguridad a causa del alcohol, la violencia en las calles o la toma de escuelas por legítimos reclamos. Sin embargo, no muestra ni divulga con beneplácito actos concretos de colaboración y ayuda adolescente para evitar la extinción de especies, los trabajos barriales que realizan, las escuelas del interior a las que ayudan: pintan sus paredes, llevan mercadería para  comedores y comparten una semana con los chicos del lugar. En ese estado de situación de los jóvenes, me pregunto: ¿cuál es nuestro rol ante la vulnerabilidad del adolescente en contextos que promueven la frivolidad, el consumismo descontrolado y la anulación de cualquier acto positivo que desarrolle?  Debemos promover un encuentro del joven con el arte, para que el arte lo rescate a la vida. Este grupo de trabajo, escuela y Estado, puede ayudar a formar espectadores activos, sensibles, críticos, para darle alas a su pensamiento joven. Aunque muchas veces refuten nuestras ideas ¡y está bien! Ellos son el recambio.

La existencia del Programa Formación de Espectadores es un aporte muy importante para los docentes, no sólo porque posibilita los medios para que los chicos asistan al teatro, nos facilita la intervención pedagógica con material didáctico que aborda principios estéticos del teatro, el cine o la danza, sino también porque, fundamentalmente, sentimos que no estamos solos cuando pensamos en nuestros adolescentes como personas capaces de apropiarse de la cultura de la ciudad, con capacidades sensibles, con potencialidades para trocar la desidia en acción, su vulnerabilidad en proyectos. En este camino hacia la constitución de sujetos “sanos” y creativos, el Arte y los jóvenes constituyen un vínculo casi indispensable.

Por otro lado, estimo que esta obra será también de gran interés para actores y promotores de las artes escénicas. Me consta que en el interior de nuestro país se realizan experiencias similares, pero es difícil sostenerlas en el tiempo por motivos casi siempre presupuestarios y de organización. El capital y experiencia en teatro independiente con que cuentan algunas provincias es inestimable, y quizá la presentación generosa y detallada de la aplicación del Programa por parte las autoras y colaboradores de este libro, constituya un aporte de ideas y estímulos, que esos grupos sabrán adecuar a sus realidades e identidad particular de cada lugar.

Eva Miranda
Profesora de Castellano y Literatura.
Escuela Técnica de Jardinería “Cristóbal María Hicken”.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *