Afuera

Prólogo

por Fernando Reati
Georgia State University
Atlanta, Estados Unidos

Primero, un recuerdo ajeno contado por amigos serbio-croatas: cuando un grupo de refugiados de la ex Yugoslavia llegó a Estados Unidos hace unos años para acogerse a los términos de un asilo negociado por Naciones Unidas tras la guerra que enfrentó a serbios, croatas y bosnios, se los congregó en un centro de recepción donde se procedió a informarles de los lugares de destino que las autoridades habían decidido para ellos en una especie de lotería. Frente a los refugiados expectantes, una funcionaria leía: «Jovanovic a Wichita, Kansas»; «Martinovic a Lincoln, Nebraska»; «Begovic a Macón, Georgia…». Los ahora asilados, que poco tiempo antes eran abogados, carpinteros, médicos o empleados bancarios en Europa, recibían los destinos con un ah… de alivio o decepción según fuera la suerte de cada uno y la posibilidad remota de tener un conocido en el lugar donde pasarían los próximos años de sus vidas, y se dirigían a una mesa a rellenar los formularios que marcarían el inicio de su nueva existencia. Ahora, un recuerdo más personal y cercano: se contaba en Argentina que nuestros abuelos inmigrantes provenientes de Italia, España o Polonia a comienzos del siglo xx, llegaban a los puertos mediterráneos de donde partían los barcos rumbo a la América, y subían a las naves sin tener demasiada idea si el destino era Estados Unidos o Argentina. De este modo, muchas familias quedaron para siempre separadas porque un hijo acabó su vida en el extremo norte y otro en el extremo sur del continente, y recién hoy, en tiempos de Internet y Google, algún descendiente curioso descubre tener un primo lejano en la otra punta del mapa.

Estas anécdotas vienen a cuento ante la lectura de Afuera de Cristina Feijóo, por lo que de azaroso y a veces irreversible tiene el exilio de los seres humanos. Afuera relata algunos momentos en la vida de unos refugiados argentinos en Suecia tras la dictadura militar de los 70. Exilio, destierro, emigración, transterramiento, ostracismo, diáspora: otras tantas palabras usadas por intelectuales y cientistas sociales para designar una experiencia universal que, más allá de su carácter voluntario u obligatorio, más allá de que tenga motivaciones políticas o puramente económicas, siempre arrastra una carga de pérdida y melancolía para quien decide o es forzado a irse de su lugar de origen. Porque más allá de las teorías posmodernas que sostienen la primordial condición diaspórica del ser humano en tiempos de globalización y supuesta desaparición de las fronteras nacionales, más allá de que ciertos intelectuales se sientan igualmente cómodos en cualquier universidad de prestigio del planeta que les ofrezca fondos de viaje generosos y una bien provista biblioteca, lo cierto es que para el trabajador mexicano en Carolina del Norte, para el norafricano en Marsella, para el peruano en Buenos Aires, dejar la propia tierra siempre conlleva un duelo.

Argentina, el país de nacimiento de Cristina Feijóo, no se queda a la zaga de otros en materia de poseer una larga historia de destierros por motivos políticos, y casi no hay generación que no haya visto a muchos de sus mejores pensadores y artistas alejarse de su tierra para salvar la dignidad y, a menudo, la vida. Esteban Echeverría, el autor del texto fundante de la literatura nacional, El Matadero, murió en Uruguay en 1851 por oponerse al régimen del caudillo federal Juan Manuel de Rosas. También Domingo F. Sarmiento, el gran pensador cuyo Facundo. Civilización y Barbarie influyera por décadas en la agenda política de todo el continente, tuvo que huir de Rosas y se asiló en Chile. El mismo Rosas, una vez vencido por sus enemigos unitarios en 1852, terminó sus días en un destierro humilde en Inglaterra. El general José de San Martín, el gran héroe libertario que junto con Bolívar posibilitó la independencia de las colonias españolas en América Latina, se trasladó a Europa para no participar en las guerras civiles argentinas, y murió casi olvidado en un pueblito francés que los mapas apenas registraban. En el siguiente siglo, pocos exilios influyeron tanto el curso de la historia nacional como el de Juan Domingo Perón, quien pasó diecisiete años de su vida en España tras ser derrocado en un cruento golpe militar en 1955, para volver triunfante en 1973 a cumplir su inconclusa tercera presidencia. También su viuda y sucesora en el cargo, Isabel, terminó eligiendo España como residencia, tras ser derrocada en1976 y tras pasar algunos años de cárcel en el sur argentino. Y entre los escritores de renombre, ¿cómo no recordar que Julio Cortázar escogió París como su hogar permanente a partir de 1951, en parte porque se sentía asfixiado intelectualmente en la Argentina del primer peronismo? ¿Y qué decir de Manuel Puig, mudado en 1973 a México cuando sintió que el aire de su país se enrarecía para alguien con ideas no convencionales como las suyas?

Si agregamos a quienes huyeron de Argentina durante la cruel dictadura militar de 1976-83, que dejó una herencia de 30.000 desaparecidos, 12.000 presos políticos y no menos de 200.000 exiliados, la lista sería interminable. A esta lista pertenece Cristina Feijóo. Su ficha biográfica, aquélla que aparece en la solapa de novelas y en notas de prensa, nos dice que fue militante peronista de izquierda, y que estuvo presa dos veces: primero entre 1971 y 1973 durante la así llamada dictablanda (por oposición a la infinitamente más sangrienta dictadura posterior) del general Lanusse; y luego entre 1976 y 1979, ya en pleno terrorismo de Estado, antes de obtener un permiso para exiliarse en Suecia, de donde retornó junto con la democracia en 1983. A partir de entonces, militancia, prisión, exilio y trauma serán los denominadores comunes de una literatura personal que intenta poner en imágenes y entramados de palabras algo que por su naturaleza misma es en última instancia intransferible.

Para quien como yo asiste regularmente a congresos internacionales sobre literatura, la habitual pregunta de los colegas de otros países ya no sorprende, pero merece una respuesta bien meditada: ¿Por qué a más de treinta años de la dictadura de 1976 los argentinos continúan escribiendo novelas y filmando películas sobre el tema? ¿No hay en eso cierta fijación obsesiva con el pasado, cierta incapacidad para instalarse en el presente? Pero hacer semejante pregunta revela incomprensión acerca de la persistencia transgeneracional del trauma en los grupos humanos, y sería equivalente a cuestionar por qué el Holocausto o la Guerra Civil española siguen generando ficciones. La sociedad argentina es posiblemente en América Latina la que más ha indagado en su propia relación con los horrores de la dictadura, la que más se ha preguntado por el significado de la indiferencia y la complicidad de grandes sectores sociales con los crímenes, la que más insistentemente se cuestiona por la eticidad de la violencia política, aun cuando provenga de sectores contestatarios. Junto con esto, existe hoy en Argentina un profundo debate sobre el trauma personal y colectivo, las distintas posibles memorias del horror, y los medios por los cuales una sociedad escoge qué recordar y cómo. Prueba de ello son los cientos de placas recordatorias de desaparecidos que a lo largo de todo el país adornan escuelas, fábricas y oficinas públicas, con los nombres de las víctimas que allí trabajaban o estudiaban antes de ser secuestradas. Asimismo, la reciente construcción de un Parque de la Memoria con esculturas y más de nueve mil nombres grabados en sus interminables paredes, y la creación de museos y memoriales en ex centros clandestinos de detención como la ESMA, El Atlético o La Perla, sitios de tortura y muerte de miles de detenidos que hoy pueden ser visitados por delegaciones escolares o grupos de vecinos.

Después de los juicios públicos contra ex represores que se iniciaron en 1985, interrumpidos en 1989 y reabiertos nuevamente a partir de 2003, después de los testimonios y la confesión de algunos (pocos) victimarios como el capitán de navío Adolfo Scilingo, después de las autocríticas públicas de las fuerzas armadas y la Iglesia en los 90, después del hallazgo e identificación de cientos de restos de víctimas gracias a las nuevas técnicas de antropología forense, pocos ponen en duda la materialidad de lo ocurrido. Es por eso que, como sostiene el pensador argentino Hugo Vezzetti en Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina (2002), a tres décadas del golpe militar de 1976 el conflicto no es entre olvido y memoria sino entre diversas y a veces contradictorias memorias, y no se trata ya de si se debe recordar, sino de qué y cómo recordar. En otras palabras, el debate no gira tanto alrededor de la necesidad de los actos de memoria cuanto de la interpretación de los mismos. La gran cantidad de novelas, películas, monumentos, exhibiciones de arte y otras prácticas recordatorias que se han producido en Argentina, son los artefactos o instrumentos que le dan materialidad a una práctica social de la memoria en constante cambio y reinterpretación. Además de ser formas particulares de la memoria, indica Vezzetti, esos objetos constituyen una especie de memoria de las memorias que permite rastrear las transformaciones, avances y retrocesos de la memoria social a lo largo de las décadas.

Como ocurre a menudo, la literatura argentina estuvo a la avanzada en la construcción de esa memoria de las memorias. Los primeros años vieron su cuota acostumbrada de testimonios personales, narraciones de registro realista y textos de denuncia. Pero pronto se hizo evidente que la mayor parte de los relatos sobre los años de plomo buscaban ir más allá de lo meramente descriptivo y reivindicativo, y por el contrario indagaban en profundas cuestiones éticas y estéticas tales como la factibilidad de representación de lo siniestro, las mini complicidades colectivas con lo sucedido, la banalización del mal y el desdibuje de los límites entre víctimas y victimarios. Hubo buena y mala literatura (por suerte, más de la primera que de la segunda), pero en general se trabajó con seriedad para aproximarse poco a poco, década tras década, al nudo de trauma y memoria que constituye uno de los ejes del arte y el pensamiento argentinos contemporáneos.

Algunas de las propuestas más originales —y es sabido que toda clasificación es arbitraria, como advertía Borges hablando de una antigua enciclopedia china— son aquellas novelas que iluminan ángulos inesperados del trauma que significó la violencia.

En Los planetas de Sergio Chejfec (1999), por ejemplo, el vacío que deja un desaparecido se mide por la influencia de su ausencia en la vida del narrador, del mismo modo que los astrónomos evalúan un planeta invisible por su influencia gravitacional sobre otros objetos celestes visibles. En Villa de Luis Gusmán (1995), un médico insignificante termina asesorando a un grupo de torturadores para que los prisioneros no mueran antes de tiempo en el tormento, y demuestra así una vez más que el mal se encarna a menudo en burócratas desapasionados que sólo quieren cumplir con su trabajo. En Dos veces junio, de Martín Kohan (2002), el mal es un soldadito orgulloso de ser chofer de un alto mando del ejército, meticuloso en su cuidado del automóvil oficial y tan indiferente al uso que se le da, como indiferentes son los fanáticos del fútbol que a pocas calles de un centro de tortura celebran la victoria argentina en la Copa Mundial de 1978. Y Auschwitz de Gustavo Nielsen (2004) relata en clave de ciencia ficción paródica el secuestro, violación y tortura de un niño extraterrestre por parte de un argentino normal, xenófobo y antisemita, que usa las técnicas de tormento aprendidas de la lectura de los informes oficiales sobre violaciones a los derechos humanos en los 70.

En un país con tantos miles de desaparecidos, es natural que la mayor parte de la literatura testimonial y de ficción tenga que ver con la incertidumbre del cuerpo ausente y la imposibilidad de completar el duelo ante la falta de sepultura. Pero como señaló alguna vez Gabriel García Márquez en referencia a la literatura colombiana de la violencia, a veces lo importante no son los muertos sino los vivos que tuvieron que sudar miedo esperando el fatídico golpe en la puerta. Un libro reciente de Santiago Garaño y Werner Pertot, detenidos-aparecidos. Presas y presos políticos desde Trelew a la dictadura (2007), plantea acertadamente que lo traumático de la desaparición de personas –los detenidos -desaparecidos en el vocabulario de los organismos de derechos humanos— ha hecho que el sufrimiento de ex-presos y ex exiliados de algún modo haya quedado relegado a un segundo plano. La literatura de Cristina Feijóo, ella misma ex presa y ex exiliada, ayuda a subsanar ese desequilibrio.

Su primer libro de relatos, En celdas diferentes (1992), que contó para su publicación con el apoyo del Consejo para la Cultura Sueco, fue su incursión inicial en la transposición de su experiencia personal a la dimensión elusiva del lenguaje. El libro El corral de los corderos recibió en 1994 un premio del Fondo Nacional de las Artes. Luego, en 1999, escribió Memorias del rio inmóvil, que obtuvo el Premio Clarín de Novela y se publicó con gran éxito de crítica en 2001. Más tarde, La casa operativa fue finalista del Premio Planeta y se publicó en 2006. Ambas novelas fueron ampliamente comentadas en suplementos culturales y revistas especializadas por su tratamiento novedoso del terrorismo de Estado y la malograda experiencia guerrillera de los 70.

Memorias del río inmóvil relata la dificultosa rein- serción en la Argentina neoliberal de los 90 de una pareja de ex militantes que arrastran consigo los reflejos y valores setentistas de su generación. Él fue preso político y ella vivió años en el exilio y ahora se sienten ambos fuera de lugar en la nueva realidad globalizada y consumista que les ofrece la democracia. Su crisis personal y de pareja hace eclosión cuando se cruza en sus vidas un antiguo compañero a quien suponían desaparecido, ahora loco y desmemoriado. A esta trama se le suma un hijo de desaparecidos que no sospecha su origen, una madre adoptiva que oculta el terrible secreto de su complicidad con los victimarios, y sobre todo la profunda lucha interior de los ex militantes que no sólo cargan con la memoria de sus muertos sino que deben adaptarse a la mezquindad, el pragmatismo el empequeñecimiento de los ideales en la nueva Argentina.

La casa operativa, por su parte, relata unos pocos días transcurridos en una casa alquilada por guerrilleros en 1972 para planear el secuestro de un jefe militar, desde la perspectiva de un hombre que treinta años más tarde recuerda unos días de su niñez pasados en esa casa junto a su madre militante. Una compleja técnica narrativa permite ir y venir entre 1a inmediatez de aquellos días transcurridos en la casa cuando el niño asiste sin comprender a prácticas con armas, discusiones políticas de los militantes y salidas furtivas para no alertar a los vecinos; la visión alternativa de un grupo de policías que practican un allanamiento a la vivienda sin saber que allí se oculta un comando guerrillero; y las conversaciones que hoy tiene el hombre con el único guerrillero que sobrevivió al tiroteo posterior al allanamiento, y que ya entrado en años ofrece una reflexión mediada por el tiempo transcurrido. En su superficie la novela trata de un personaje que busca recuperar el recuerdo de su madre desaparecida por medio de su propia memoria y la del ex guerrillero sobreviviente. En un nivel más profundo trata de cómo leer desde nuestra época las motivaciones que entonces impulsaban a miles de jóvenes a arriesgar la vida, hoy que el escepticismo y la desideologización llevan a que convicciones de hace apenas tres décadas parezcan productos no ya de un tiempo sino de un planeta muy lejano.

Afuera, este nuevo libro de relatos, es otra vuelta de tuerca en las reflexiones que Cristina Feijóo viene haciendo sobre las experiencias de su generación. Se trata de nueve cuentos independientes pero interconectados entre sí por elementos comunes: los mismos personajes, un grupo de argentinos en el exilio; el mismo escenario, Suecia; y un mismo desamparo que tiñe toda la vivencia del destierro. Las referencias al pasado y las razones por las que los personajes están en Suecia son mínimas, casi crípticas, y el lector podría fácilmente obviar el hecho de que vienen de una terrible tragedia que cuesta nombrar porque es la materia de que están hechas las pesadillas. A lo sumo, una fiesta de exiliados sudacas que cantan medio borrachos que los pobres coman pan y los ricos mierda, algo doblemente doloroso no sólo porque en sus países de origen los pobres siguen sin comer pan, sino además porque las palabras suenan anacrónicas en un departamento de Estocolmo pagado con ayuda del gobierno sueco. O un fugaz recuerdo de cuando la madre visitaba a su hija en la cárcel argentina antes del exilio, y sus ojos no podían ocultar un destello de recriminación: «¿Viste? Yo te decía». O cambiar la palabra marino por marinero al contar una historia cualquiera, porque allá en Argentina los marinos son señores de la Armada que secuestran personas. O la mano de una hija que se despide en Suecia y trae el recuerdo de la misma mano años atrás, apoyada contra el vidrio que las separaba cuando de niña iba a visitar a su madre en la cárcel. Poco más que eso alude a la tragedia que los ha traído a Suecia, y sin embargo todo está allí sobrentendido.

Son imágenes de un exilio sin heroísmo ni roman- ticismo alguno. No hay aquí militantes esperando ansiosos volver a la lucha en sus países sudamericanos, ni activistas dedicados a agitar la opinión pública del país huésped contra la dictadura que los expulsó. Estos exiliados son náufragos, casi mendigos que viven de la conmiseración de un país que los acoge con cierta lástima. Pasan sus días limpiando los pañales de las viejitas en un asilo geriátrico, o fabricando artesanías para vender en una estación del tren subterráneo, o torneando piezas de metal en una fábrica suburbana donde le piden dinero prestado a la encargada de turno. A veces son deshechos humanos, como el cordobés que alterna entre períodos catatónicos y largas caminatas en que habla solo, un gran orador de barricada convertido ahora en un loco anónimo en Estocolmo: «Terminaba hablando solo. No le importaba. Él hablaba todavía con la misma convicción y fuerza que, años atrás, habían provocado el reconocimiento de sus camaradas».

En Memorias migrantes. Testimonios y ensayos sobre la diáspora uruguaya (2003), Abril Trigo apunta precisamente a la falta de glamour de todo exilio, y dice que entre los muchos dolores del destierro hay dos en particular que sobresalen: «Que la partida es involuntaria y forzada, y que el retorno es difícil, si no imposible. La prohibición de regresar se hace aún más intolerable por la imposibilidad de haber cumplido con los ritos de la despedida, que le son al exiliado muchas veces negados». Esa sensación de que el retorno es imposible porque el país que se dejó atrás ya es otro —uno mismo es otro—, tiñe el texto de Feijóo de una angustia sorda: «Cosas que no existen, que existieron pero ya no. Ya no están más, se deshicieron en un tiempo que se cerró y se cerró en sí mismo como un vientre seco para nunca jamás y nos escupió». Todo emigrante aprende que el que se va no vuelve más porque ya no hay a qué volver, y que a lo sumo volver es iniciar un nuevo exilio en un país que se llama igual pero no es igual al que se abandonó.

El título de Afuera es simple y directo: el exilio es estar afuera, fuera del país, pero también fuera de uno mismo, alienado, otro, extraño en el país huésped y a la vez extrañado por lo incomprensible de ese país. Para los sudamericanos que recalaron en México o España, la lengua ofreció un sitio de reconocimiento. Para los que terminaron en Italia o Francia existió por lo menos la familiaridad de lo mediterráneo. Incluso para los que rehicieron su vida en Estados Unidos el impacto se atenuó porque el cine de Hollywood y la música popular prestaron algunos puntos de cercanía. Pero Suecia, el destino de los personajes de Afuera, fue doble, triplemente extranjera para los sudamericanos que debieron acostumbrarse a una lengua, una idiosincrasia y un clima inexplicables.

Por eso los relatos de Feijóo abundan en referencias a la nieve, la oscuridad de las largas noches del invierno nórdico, y los galimatías de un idioma jamás imaginado. La nieve puede ser tan inhóspita para quien sólo la conoció en tarjetas postales o algún ocasional viaje a tierras frías, que estar al aire libre en un país nórdico parece tan remoto en invierno como sería para un astronauta caminar por la superficie lunar sin escafandra.

Así se siente un personaje que trabaja en un hospital: «Frente a mí se extiende, de pared a pared, el ventanal, con unos vidrios tan limpios que dan escalofríos. Miro hacia fuera pero el cristal refracta la luz y no se ve nada del exterior». También la oscuridad temprana de los días invernales, con sus escasas horas de luz puede producir una sensación de radical extranjería («A las cuatro de la tarde en pleno invierno, ya de noche…»), y de allí que un personaje tenga la costumbre de saludar con un God natt, ante la sorpresa de los suecos que no comprenden que en plena tarde alguien pueda creerse de noche. Y la lengua, ¡oh, la lengua materna que tan fácilmente se desprende de los labios, a diferencia de esta otra donde nada es familiar!: «En cuanto modulo una palabra en sueco me siento Tarzán». Nada hay más frustrante para un adulto que sentirse como un niño incapaz de comunicarse con los mayores —«Bromas de Ole, Pelle, Kalle, y otros, que él no había entendido pero que había imaginado por los gestos»— y, peor aún, sentirse otro porque alguien tergiversa el nombre que constituye nuestra identidad: «La enfermera se para en la puerta y dice Adriona… (mi nombre es Adriana, pero en sueco suena Adriona)».

Todo en la nueva ciudad es diferente, incluso el cementerio, tranquilo y racional, tan propio del orden sueco, donde un personaje se sienta a meditar y a leer fechas y nombres en los epitafios, algo doblemente extraño para quien viene de un país donde la mayoría de los compañeros desaparecidos no tienen siquiera una lápida que los identifique en las tumbas anónimas. Por eso en el exilio existe una conciencia diferente del mundo y del propio cuerpo. No se trata sólo de que los locales no reconocen en uno a un semejante —los personajes de Feijóo dicen sentirse como el hombre invisible o un marciano. Se trata, peor aún, de que el mismo desterrado se siente fuera de sí mismo, y debe aprender a reconocerse como quien se mira por primera vez en un espejo después de una terrible enfermedad: «Reconocer con las neuronas los dedos dentro de las botas, la piel desprotegida de manos y mejillas, los pelos dentro del gorro […] Eso es lo raro, venir uno a ser testigo de su cuerpo». Esa sensación de verse a sí mismo desde afuera, que el idioma inglés denomina con exacta precisión out of body experience, se repite a lo largo de los relatos, y de allí que un simple olor que por asociación desata recuerdos a la manera proustiana, puede llevar a que un personaje salga de su propio cuerpo por un instante y se vea como en una película: «Y ahí estaba yo merodeando como un mendigo sin cuerpo alrededor de mí misma…». Por eso, algo tan familiar como caminar, puede convertirse en una experiencia de lo otro, lo extraño, y una simple caminata en medio de la nieve puede transformarse en una demostración de lo ajeno del universo: «[En la otra vida] Yo caminaba seis cuadras, a lo sumo seiscientos metros; aquí no, aquí camino, con suerte, sesenta mil centímetros, las más de las veces camino seiscientos mil milímetros».

Abril Trigo señala en su libro sobre la diáspora uruguaya que a menudo el que se va queda imposibilitado de aceptar el nuevo hogar, y huérfano del país perdido no está completamente ni aquí ni allá: «Muchos exiliados repudiaron el aquí-ahora, convirtiéndose en prisioneros de sus propias fantasías entre un pasado idealizado y un ilusorio retorno». En efecto, un personaje de Afuera expresa el dolor de no poder adaptarse totalmente, y sabe que eso hace que su vida sea un vivir a la espera, un vivir-entre: «Hace tres años que miro por esta ventana, veo este paisaje y no encuentro nada. Nada. Sólo este lugar donde se me permite vivir hasta que mi mundo retorne del olvido». Claro está que entre los personajes en el destierro ocurren encuentros y fiestas, noviazgos y amistades, nacimientos y crianzas de niños. La vida en el exilio sigue, y sería falso interpretar que todo se detiene mientras dura ese interregno. Pero a la vez se percibe que algo está como fuera de lugar en esas existencias, que hay cierto desacomodo o agitación interior que nos recuerda aquello que Cortázar llamaba la piedrita en el zapato. Tal vez sea el hecho de que aun cuando se está acompañado de amigos y familiares, el exilio conlleva en última instancia una esencial soledad: «Esa soledad a la que cada uno de nuestros encuentros nos acercaba más. Un agujero de soledad al que cada uno pertenecía y que no dejaba de reclamarnos». Con Afuera Cristina Feijóo nos entrega uno de los textos más honestos y humanos sobre el exilio que se han producido en las últimas décadas. Un texto que trasciende la circunstancia argentina para ocupar un sitio importante en la amplia literatura universal sobre la emigración y la diáspora como marcas imborrables de la condición humana. Tal vez sea importante recalcar algo que por tan obvio a menudo se olvida, y que este libro se encarga de subrayar: pocas veces alguien abandona su tierra voluntariamente y porque quiere. En el caso de Argentina, un país que pagó su libra de carne con creces cuando el terrorismo de Estado forzó a tantos miles a dejar atrás todo lo familiar, la generosidad y solidaridad con que muchas naciones recibieron a los refugiados no alcanzaron para curar completamente las heridas de los sobrevivientes, porque, como señala Afuera, «no se sobrevive al espanto y luego se lo olvida». No se olvida el espanto, es verdad, pero textos como éste ayudan a sobrellevarlo.

 

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